Una joven procedente de Colón, Matanzas, apareció en un video con visibles golpes y heridas, siendo víctima de una agresión. Las denuncias difundidas en redes situaron el hecho en Cocosolo, Marianao. El creador de contenido Yanko Mesa compartió inicialmente el caso y pidió ayuda para identificar al presunto agresor.
Según la primera información compartida, el hecho habría ocurrido el 11 de agosto de 2026 y el propio hombre señalado como responsable habría grabado la golpiza. Mesa cuestionó entonces la respuesta de las autoridades: «La policía de Cuba, en vez de estar atrás de los opositores que protestan pacíficamente, ¿por qué no se ponen a hacer su trabajo, el que les corresponde?». Posteriormente publicó también el rostro del hombre para intentar identificarlo.
La exposición pública permitió amplificar la denuncia, pero también reveló otro problema: la difusión de las imágenes de una mujer mientras era violentada y, posteriormente, la revictimización de la joven en redes sociales.
De la denuncia a los cuestionamientos contra la víctima
Días después comenzaron a circular otros dos videos. En esta ocasión, la joven, todavía con heridas visibles en el rostro, aparece junto al hombre señalado como su agresor y asegura que «no pasa nada» y que ella «está bien».
A partir de ese momento, numerosos comentarios dejaron de centrarse en la violencia denunciada y comenzaron a juzgar las decisiones de la mujer. «¿Por qué estás con él?», «¿por qué no te vas?», «eres masoquista» o «se merece lo que le pasa» fueron algunas de las reacciones publicadas.
Ese desplazamiento constituye una forma de revictimización: la responsabilidad por la agresión deja de situarse en quien ejerce la violencia y comienza a trasladarse hacia la mujer por permanecer en la relación, defender al hombre, no denunciarlo formalmente o no comportarse como otras personas consideran que debería hacerlo una víctima.
Tampoco puede descartarse que sus declaraciones públicas estén condicionadas por miedo, dependencia, presión o amenazas. Con la información disponible, no es posible determinar qué circunstancias explican su comportamiento, por lo que convertirlo en una prueba contra ella solo añade nuevas formas de exposición y juicio.

Permanecer en una relación violenta no significa consentir la violencia
Las relaciones donde existen malos tratos pueden atravesar dinámicas repetitivas de tensión, agresión y reconciliación. Después de un episodio violento puede aparecer un periodo de calma en el que el agresor minimiza lo ocurrido, promete cambiar o muestra afecto, antes de que vuelva a acumularse la tensión.
Este llamado ciclo de violencia no se desarrolla de forma idéntica en todas las relaciones y no puede afirmarse, únicamente a partir de los videos, que explique este caso concreto. Sin embargo, ayuda a comprender por qué reducir la situación a la pregunta «¿por qué no se va?» resulta insuficiente.
Abandonar una relación abusiva puede estar condicionado por miedo, aislamiento, dependencia económica o emocional, manipulación psicológica, falta de redes de apoyo o amenazas contra la propia mujer y sus hijos. Además, la separación puede convertirse en un momento especialmente delicado cuando el agresor percibe que está perdiendo el control.
Por ello, que una mujer continúe junto a quien la ha agredido, minimice públicamente lo ocurrido o no presente una denuncia no convierte la violencia en menos grave ni transfiere hacia ella la responsabilidad.
Una víctima expuesta dos veces
En este caso existe además otra dimensión de la revictimización: el video de la agresión fue grabado por el propio presunto agresor y posteriormente circuló ampliamente en redes sociales.
La denuncia pública puede ser necesaria para conseguir ayuda, identificar a un agresor o exigir la intervención de las autoridades. Pero denunciar no requiere necesariamente reproducir imágenes de una mujer mientras está siendo golpeada. Su circulación puede volver a vulnerar su privacidad y dignidad y mantener de forma permanente el episodio violento en internet.
La situación ocurre, además, en un contexto en el que organizaciones independientes han denunciado deficiencias en la protección institucional frente a la violencia contra las mujeres en Cuba. OGAT ha documentado casos en los que mujeres o familiares aseguran haber acudido a la Policía sin obtener una respuesta efectiva.
Uno de los casos recientes es el de Adis Glennis “Adita” Rodríguez Mulet, de 34 años y con siete meses de gestación, quien murió el 29 de julio tras una agresión cometida por su pareja. Según el testimonio de su familia, antes de su muerte habían intentado alertar a las autoridades sobre amenazas y situaciones de violencia sin recibir una protección efectiva.
Ante ese escenario, exigir a una mujer que actúe perfectamente para merecer apoyo ignora tanto las dinámicas propias de la violencia como las limitaciones de los mecanismos existentes para protegerla.
La atención debe permanecer sobre quien ejerce la violencia y sobre las instituciones responsables de investigar, proteger y prevenir nuevas agresiones. La joven de Marianao no necesita superar un examen público para demostrar que merece ayuda. La agresión denunciada requiere esclarecimiento, protección y una respuesta que evite que la violencia vuelva a repetirse.


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